Oración a Kali

Negra tempestad, de guerra

y las pasiones señora,

Kali, escucha mi ruego.

Tú que montas al tigre

y al iracundo dios Shiva,

dame tu espada justa

y tu perfume de muerte

para saciar mi hambre.

Dueña del tiempo y del lecho,

a ti me encomiendo.

Hazme brotar de la sangre

y engendrar las estrellas.

Tu danza abrirá las puertas,

fluirá el infinito

de tus piernas consagradas.

Quiero quebrarme matando

como tú antes de nacer.

Madre del nicho del cosmos,

tómame, quiero morir de

desgarro, no de soledad.

Te invoco en tu altar

con la carne del vencido,

su simiente amputada

y mi pecho cercenado.

Atiende mi súplica y ven

al sacrificio en tu honor.

La luna nos acompaña,

libérame de la duda

devorando mi cadáver.

Condéname al samsara

a cambio de tu secreto.

Anuncios

Otra vez

Otra vez pierdo mi tiempo,

se escapa la arena entre

mis dedos, te vas otra vez,

quedó mi frase plantada.

Otra vez te vas,

parezco estúpida

con las flores.

Otra vez gasto

el último metro

sin un beso.

Otra vez me digo mañana,

me desprendo del perfume,

me hago daño con una pared.

Joder, ¿por qué no he hablado?

Otra vez miento,

quizás pensaste igual

al irme yo.

Otra vez quiero

creer que no es en vano

volver a pie.


Sin nombre

Sonríes como el lucero

que me condena a la muerte,

sin nombre te conozco como

si fueras mío.

Tan simple como ajeno,

aire sin aliento,

te veo sin verte

allá lejos de todo.

Dime qué piensas

cuando te consumes en cartas

tan gastadas como el segundo,

cuando ni tú tienes sentido.

Quiero beberte

y dejar que me olvides,

así vuelves a amanecer

otra vez en ti.


Ringing Bell: Psicología del resentimiento

Gracias a casualidades de la vida, horas muertas y las recomendaciones de cinéfilos cercanos, de vez en cuando caen en mis manos películas increíbles (increíblemente buenas o increíblemente frikis). En este caso, llegó a mí la recomendable película de animación Ringing Bell, dirigida en 1978 por Masami Hata y basada en un libro de Takashi Yanase.

Antes de hablar de la película, he de dejar claro que, aunque tenga una calificación para todos los públicos y sea animada, tiene una trama compleja y no se me ocurriría ponérsela a un niño. Las escalas de edad en ocasiones se aplican con criterios arbitrarios y no todo lo que traumatiza es la sangre y los desnudos. Hay películas para 18 años que harían bostezar a cualquier adolescente de nuestros días y algunas para 13 años con contenido adulto que se dejan pasar por no ser explícitas.

Además, hay un prejuicio bastante extendido respecto a los dibujos animados que consiste en suponer que automáticamente son producciones infantiles. La animación es un medio artístico como es la pintura, la escultura o la literatura. Hablar de animación como algo infantil es igual de reduccionista que referirse a toda la pintura hablando del Renacimiento y dejando de lado todo lo que se ha producido después. Hay que conocer cada película o serie antes de considerarla infantil.

Eso sí, tampoco podemos sobrevalorar cualquier cosa coloreada que venga de Japón, como les pasa a muchos otakus con aires de pedantería. Dragon Ball Z, Super Gals!, Inuyasha y demás son historietas con la misma profundidad que Fast and Furious, Dora exploradora o Dos chicas sin blanca. Es comprensible que uno quiera defenderse de las acusaciones de inmadurez cuando con treinta años está obsesionado con Sailor Moon, pero se queda en un ridículo peor cuando se pretende sacarle un trasfondo que no tiene que admitiendo que te gustan las cosas infantiles. Nada es reprochable siempre que sea honesto.

Volviendo a Ringing Bell, haré lo posible por no amargar la experiencia a todos aquellos que disfrutan las historias como quien disfruta resolviendo problemas matemáticos: Los pasos intermedios no tienen valor por sí mismos, uno va a la conclusión. Sin embargo, esbozaré la trama y las ideas que incluyo en el propio título de la entrada. Si tenéis pánico a los spoilers, dejad de leer e id directamente a ver la película.

La trama gira alrededor del cordero Chirin que busca venganza tras el asesinato de su madre por parte de un lobo. Sabiendo que ha nacido oveja y como tal no tiene recursos para defenderse, abandona el rebaño y dedica su vida a hacerse fuerte como un lobo. Está solo en su propósito, ya que ninguna de las otras ovejas hizo nada por ofrecerle ayuda ni consuelo. No deja de ser muy humano estar solos ante la fatalidad y rodeados en la alegría y el triunfo, los desgraciados siempre aguan la fiesta con sus problemas propios y negando que un modo de vida insignificante y precario sea suficiente para ser feliz.

Su propia debilidad le llena de resentimiento y odio a sí mismo, por lo que al adoptar la vida del lobo gradualmente pierde su identidad. Algunos comentaristas acertadamente han visto la relación entre la pérdida de identidad del cordero y la sociedad japonesa posterior a la Segunda Guerra Mundial. Derrotados en la guerra y con las experiencias de Hiroshima y Nagasaki, el rencor de los japoneses a los estadounidenses estaba unido a un servilismo y obsesión por copiar todo lo occidental. Más de cincuenta años después, todavía se puede palpar esta contradicción en gran parte de la cultura japonesa, un síndrome de Estocolmo que configura su modernidad y consume su espíritu.

También podríamos poner de ejemplo a los judíos antisemitas, las ex-colonias que intentan imitar a sus antiguos amos ingleses y franceses y un largo etcétera de casos a simple vista ilógicos, pero voy a intentar centrarme en la parte más personal del resentimiento.

El resentimiento es una de tantas reacciones que vienen con un hecho doloroso que no podemos comprender, quizás ésto sea lo que más permite que se arraigue. Los débiles sufren la injusticia sin tener ninguna culpa y su dolor no cumple con ningún plan predestinado, no hay ninguna explicación que permita encajar la experiencia. Tampoco hay ningún premio de consolación que compense en una balanza el daño sufrido, ni siquiera la realización de la venganza. Es una brecha en el corazón que no se puede cubrir con cemento y no podemos controlar. Hasta la culpa es un paliativo que nos convence de que teníamos algo de control sobre la situación en vez de asumir que el dolor y el mal son aleatorios.

Si ni la venganza ni la culpa ni el olvido son posibles, ¿qué puede curar el resentimiento? En un mundo ideal, la respuesta estaría en el apoyo comunitario como medicina para el alma y la justicia para cerrar el caso, de manera que nadie tenga que envilecerse como su agresor o conformarse con el victimismo. El problema es quedarse solo como un triste cordero mientras el grupo permanece impasible en el mejor de los casos y hostil en el peor, como vemos en otras producciones en las que la venganza de un individuo si aparece como gratificante. ¿Qué queda en ese momento? ¿Qué queda cuando el dolor te ha deformado y no hay ninguna voz amiga? Y en el caso de que no puedes aspirar ni a la venganza ni a la justicia, ¿qué te hace seguir adelante? El rencor obliga a vivir a muchos que sueñan con estar muertos, al mismo tiempo que no les deja respirar.

No tengo solución a los problemas que abre el resentimiento, el que lo carga tiene un largo camino por delante y por desgracia muchas veces solo. Sin embargo, insisto en las ideas de justicia y amor hacia otros aunque no nos sea correspondido de inmediato. Si vemos mal en el mundo sin solución inmediata, lo más digno es intentar aportar el máximo bien que se pueda. Hoy no se resolverá tu tragedia ni mañana, pero quizás consigas evitar que se extienda el sufrimiento y con un poco de suerte que otra persona de un millón se inspire para hacer algo bueno. Aunque tampoco se consiga cambiar nada, nos sigue conveniendo para no enloquecer con nuestro propio odio y admirar el veneno que nos enferma.

Después de este sermón, os dejo con la película, que está en japonés con subtítulos en inglés aunque también la hay en Youtube en inglés. En el caso de que no os apañéis con el inglés, es una lástima. Aprender idiomas abre nuestro mundo a comprender otras formas de pensar, eso gratifica más que sólo su uso práctico para conseguir trabajos.


Sin correspondencia

Mejor amar sin respuesta

que ser amado sin amor.

Con los amantes van los poetas

y con los amados el reproche.

¿Creen que el amor se refleja?

es tan falso como el que finge,

acomplejado por su pena.

Nadie ama al lloroso Sócrates,

es el remordimiento lo que aferra

el bello al irritante viejo.

No me abraces con tristeza

infinita cuando te digo

de mí tu corazón aleja.

Por otro incluso moriría,

pero tú me matas con tus quejas

mudas; no es culpa tuya,

nada hace a las almas gemelas,

ni siquiera la benevolencia.

No tengo sangre negra,

calla, no me llames puta,

en mí no hay más crueldad

que la del azar inexpugnable.

Ni yo puedo mi querer doblegar.

Sufro más con la responsabilidad,

tus afectos demasiado pesan,

tus llantos me acuchillan

con más saña que las flechas

que se te puedan clavar.

No te quiero ni aunque quiera.

Quiero abrazar la luna

y gozar con las estrellas.

Quiero enamorarme del minuto,

ceñirme a mi suerte maltrecha.

Quiero un compañero, no una carga.

Pero tú quieres una esposa; deja

que llegue sin amarrarme,

libérame de tus plañideras

y no me toques buscando

que te ame con entrega.

No me toques, te lo ruego,

asume la cruda verdad:

No hay correspondencia.


Carnaween, cuando se traslada Halloween a España

La lluvia moja, todas las nocheviejas un pariente confunde los cuartos con las Campanadas y cada 31 de octubre aparece la discusión sobre si tiene sentido celebrar Halloween. Devotos de Freddy Krueger y patriotas festivos se enzarzan cada año en duelos interminables en las redes y la calle como si les fuera la vida en ello.

Es evidente que si celebramos Halloween es porque hay un especial Los Simpsons por temporada y se nos inculca a través del cine y la televisión estadounidenses. Si la principal potencia fuera China, La India, Japón o cualquier otro país, celebraríamos con el mismo entusiasmo el Año Nuevo en febrero o nos cubriríamos de pintura cada primavera en el Festival Holi. Igual está cerca el día en que manadas de otakus busquen en abril desesperadamente cerezos en flor para celebrar Hanami desafiando a los elementos y al sentido común, pero por ahora estamos en el carro yanqui.

Ahora bien, ¿que sea una fiesta por convención la convierte en un sacrilegio contra la cultura hispánica? Independientemente de la coherencia personal del que lo afirme y si luego no ve una película española ni a tiros, no deja de ser un sacrilegio más divertido que comer buñuelos ni quita de honrar a los fallecidos al día siguiente (a no ser que la resaca sea terrorífica). La cultura española se termina mezclándose con lo extraño y el resultado del mestizaje es lo que se llama Carnaween.

Carnaween se celebra reciclando los disfraces y materiales de Carnaval pero con el toque siniestro. Basta con untarse con sangre falsa (o ketchup si te quedan diez minutos y no has preparado nada) para que un disfraz de gato se transforme en uno de un gato vampiro. También puedes pintarte un par de cicatrices con un lápiz de ojos negro, dejarte ojeras y ya eres un zombie. Igualmente si eres gótico o blacker la noche de Halloween puedes dar la razón a todos aquellos que te preguntan el resto del año si vas disfrazado de El Cuervo.

Si vives en una ciudad grande, es contraproducente llamar a todos los telefonillos del barrio con la esperanza de que no te confundan con un cartero comercial. Por ello los padres de ciudad en Carnaween se suelen conformar con sacar a pasear a Spiderman y Campanilla, cenar en un Fosters Hollywood bien decorado y cebarlos con caramelos en casa. En los pueblos que todavía no están acostumbrados a las festividades yanquis, los niños se divierten más bombardeando las casas de los vecinos impunemente que consiguiendo chucherías.

Las casas en Carnaween no derrochan en parafernalia siniestra, los más atrevidos dejan de quitar las telarañas y colocan una calabaza linterna de plástico para la entrada o caen en la estafa de colgantes de esqueleto fosforescentes que no brillan. Todavía Carnaween no suscita las suficientes pasiones como las Navidades, pero el carnaweenero disfruta con las cosas simples al igual que un acoplado de San Patricio con un gorro verde bebiendo una Guinness.

Si decides salir, no tengas expectativas demasiado elevadas. Las únicas diferencias con una noche normal son las interminables colas de todas las discotecas que hacen ofertas a los que van disfrazados y que si ves un plátano gigante a las tres de la mañana no es culpa del cristal. Por suerte sigue siendo Carnaween y aún no se ha dado el fenómeno de Nochevieja (en otro momento contaré por qué es la noche más sobrevalorada del año). Eso sí, los disfraces engañan más que las luces, cuanto más maquillaje lleve, menos puedes fiarte de la primera impresión. No todo en esa bruja o ese Darth Maul es látex.

En el caso de no salir, siempre te quedarán los caramelos sin azúcar y reírte con la saga de Viernes 13 o El día de la bestia, asustarse de verdad es contrario a la tradición de Carnaween aunque nada te impide cometer la temeridad de hacer un maratón de cine de terror japonés en la intimidad. Lo bueno que tiene Carnaween es que no tienes que esforzarte en cocinar un menú de calabaza como lo harían en Wisconsin.

Por último, lo fundamental en Carnaween es no tomárselo demasiado en serio ni aburrirse. Si tus amigos están tan amuermados como el resto del año, disfruta de las reacciones de la gente de bien ante un disfraz del Jocker mal hecho. Como buena tradición española, lo importante es apuntarse a los sarados ajenos.


Vivir con el derecho a morir

No hay nada mejor para animar un martes monótono que hacer una pequeña reflexión sobre la muerte. No es un chiste de humor negro ni un sarcasmo, es algo que de verdad me sube la moral cada mañana en el autobús abarrotado de gente hasta límites que van contra la física.

Empecé a pensar sobre ello precisamente en el bus cuando me hallaba hipnotizada delante de la pantalla del móvil viendo noticias a través Facebook. Soy de esas modernas que prefieren leer titulares de medios digitales antes que tragarme un tostón de telediario manipulado y con noticias de gatitos de Youtube. Una de las noticias en las que me fijé con más interés fue una sobre la eutanasia en España y como ésta entraba todavía dentro del Código Penal como Auxilio al suicidio con unos seis años mínimos de cárcel. Hay asociaciones que luchan por tener el derecho a morir con dignidad y sin dolor y médicos a título individual que se juegan el puesto pese al tabú del suicidio y los márgenes de la ley, en la que algunas comunidades dejan resquicios para el derecho de un paciente a no recibir la medicación que lo mantiene con vida si no lo desea.

¿Por qué hay un silencio en la comunidad médica y más en la calle cuando se habla del derecho a morir? Por mucho que se considere Mar Adentro una película conmovedora, pocos quieren discutir a fondo qué hace que sea tan delicada la decisión de una persona de no seguir viviendo. Lo que no nos cuestionamos cuando sacrificamos a una mascota llena de dolores lo dudamos con un humano consciente que toma una decisión libre. Un cristiano tradicional convencido tiene claro que hay que vivir para sufrir en este mundo para ser digno de ir al cielo, tiene que amenazar con el infierno para que millones de cristianos no se lancen desesperados al suicidio para coger sitio en ese paraíso prometido. La cultura que más insiste en que hay que vivir a toda costa es la que peor imagen tiene de este mundo y más culpa te atribuye por el hecho de haber nacido.

Hoy en día los bien-pensantes modernos también tenemos pavor a la muerte y a la posibilidad de que alguien la quiera. Hemos convertido la muerte en una fantasía del telediario y del cine, algo que tiene arreglo cuando gritan “Corten”, una mezcla de latex y zumo de tomate. Pasamos por la vida sin emociones, sin aspiraciones, sin grandes sufrimientos, sólo comprando cosas para estar más cómodos y cuando alguien nos recuerda que hay enfermedades que la ciencia no puede curar o dilemas que un coach no puede solventar, perdemos la fe en la imagen del mundo feliz que nos han inculcado. La experiencia del niño que ve morir a su abuela se puede llegar a retrasar hasta los treinta años, pero conservando la reacción de ese niño que quiere creer en el “para siempre”. Incluso los medios silencian las noticias de suicidio con la excusa del “contagio”, como si latiera un instinto moderno de poner fin a la farsa del mundo feliz. Se pueden ver optimistas crónicos que intentan convencer a enfermos terminales y paralíticos de que, el día menos pensado, volverán a tener salud, ya sea en el futuro de la medicina o regresando a la homeopatía. “Aún con todo, la vida es bella”, es el mantra que utilizan otros para evitar escuchar y ver como alguien puede dar gracias por morir.

Madurar es comprender que los demás son libres, que un pájaro tiene que volar y que no se puede forzar a alguien a quedarse. Aunque nos sintamos mejor abandonando los cadáveres en vida en un recinto tapado, no les hacemos un favor. Vive y deja morir, no recuerdo de quién era esa frase, pero me gusta su significado. Si creemos en el cielo, dejemos de retener un alma atormentada en un cuerpo sufriente en la tierra. Si creemos en la libertad, dejemos que decidan sobre su vida de manera serena, informada y racional. Si creemos en el amor, dejaremos a nuestros seres queridos descansar cuando su vida sea un tormento o ya no quede nada de ellos excepto un pulso vegetal.

No digo que haya que matar a todos los enfermos por sistema ni que todos tengan que arrojarse por un balcón cuando ya no les guste vivir, pero no hay mayor muestra de respeto por la vida humana que dejarla apagarse cuando ya no puede brillar más. Sin dignidad, respetaremos la vida animal y vegetal, pero no la plenitud de la vida humana.


Bienvenidos, zapatos fuera

La mejor manera de describir este blog sería un egoblog sin moda, un diario sin intimidad, un cuaderno de bitácora sin viajes lejanos y un manual sin instrucciones. Con ésto podría darme por satisfecha y desaparecer del escenario con un gin tonic, pero me gusta romper el aura de misterio de las cosas.

Este es un blog en el que escribiré mis pensamientos, mis insultos, mis halagos, mis pasiones y demás morralla mental para que algún día le sirvan de consuelo a alguien. A todos nos ha pasado todo, siento deciros que vuestros problemas no son originales y menos mal, las enfermedades nuevas no tienen remedio hasta que no las tiene más gente. Nadie es cien por cien original ni muchísimo menos cuando pretende serlo.

Tampoco se puede decir que todo el mundo sea normal, si entendemos como normal los clichés de la televisión. Basándome en los tipos que se venden como normales, todavía no he conocido a nadie que sea totalmente normal, corriente, feliz y que fácilmente confundes con otro. Nadie es del todo diferente ni encaja en lo que se entiende como normal.

Os ofrezco una tabla de pinchos comunes con un toque personal, un día os contaré mis aventuras, otro os daré consejos de vida con bajo presupuesto (para eso están las litronas) e incluso alguna vez me subiré a la tribuna y daré sermones sobre lo que creo mejor. Ante todo, no olvidéis que no deja de ser la perspectiva humilde de alguien corriente con poca modestia y algunas ideas raras. Intentaré sacaros sonrisas, reflexiones y ceños fruncidos, pero siempre con buenas intenciones.

Con el tiempo, me cogeréis cariño o asco, pero yo os querré igualmente por echar un vistazo a este pequeño rincón y dedicar un par de minutos a mirar algo nuevo o demasiado familiar.

Sin más preámbulos, os abro la puerta y mientras os quitáis los zapatos, iré sacando unas latas de cerveza de la nevera para compartir estos momentos mágicos. Empieza La saga del litro.


Compartiendo Filosofía

Archivo de apuntes de filosofía

EnSeudónimo

"Blog donde toda literatura tiene cabida"

josé luis garcés maldonado

Cuando la palabra es imagen y la locura se ordena, el sueño suele transformarse en poesía.

enero11

Literatura para romper el tiempo.

Lo que inspira.

Lo importante no es estar vivo, sino saber como estarlo.

De este blog no viviré

Tú importas bien poco en medio del circo que hay montado ahí fuera

Literaturbia

Ficción breve para la era digital

Los caprichos de Julie Delpy

Un espacio sin críticos, sólo libros, películas y música conectados así nomás, como toda cosa.